Ya faltaba poco para medianoche, minutos nada más... Repentina y contundentemente, se dio cuenta que, aunque la casa llena, él estaba más sólo que nunca. Pero esta soledad no llegó de manera súbita, ni era de las que se van así de fácil, claro que no. Se ha pasado la vida haciendo méritos para obtenerla. Y es imposible determinar si podrá alguna vez deshacerse de ella. Después de pensamientos variopintos, revueltos en una mezcolanza de ideas, recuerdos, reflexiones y memorias, decidió intentar dormir. Después de todo, el mañana ya casi comienza y hay que estar descansado para recibirlo. Resistir la soledad es difícil, hay que tener todas las energías a disposición si se le quiere ganar la batalla o siquiera darle un poco de lucha. Pero el sueño lo ha abandonado también. Se ha decidido a eludirlo por completo, como si de eso dependiere su vida. El sentimiento de soledad lo conmueve, le aterra. Sale de su cuarto hacia el botiquín del baño, busca pastillas para conciliar el sueño. Las encuentra y con un remordimiento que, por si no está ahí todavía, lo lleva a la locura, engulle ambas pastillas. Ya en la cama, decide arropar su cuerpo, acomodar la almohada, rogar a Dios para que las pastillas surtan efecto y encomendarse al espíritu santo para que mañana, aunque siempre solitario, sea un día mejor.
Al despertar, siente que ni su mente ni su cuerpo han descansado lo suficiente. Aún siente el peso y el pesar del día anterior sobre sus hombros y ya hay que empezar a cargar lo de hoy. Se levanta como puede. Descubre que la casa está vacía, todos se han ido ya. Esto le reconforta porque significa que no debe fingir simpatía por nadie, no debe emular sonrisas de agrado, no tiene que disimular su repugnancia por lo común y su aberración por lo corriente... Pero, sobre todo, lo que más le tranquiliza es la certeza de que, al menos mientras la casa permanezca desolada, no se va a sentir mal consigo mismo por no ser ni actuar igual que los demás
(Continuará...).
No hay comentarios:
Publicar un comentario