Amada mía:
Quiero que sepas con la mayor de las certezas que deseo entrañablemente que te encuentres gozando de un bienestar de proporciones agigantadas y en plena salud mental, física y espiritual.
Yendo directo al motivo de mi carta, que a su vez es la razón y fuente de las grandes cuitas de este agobiado corazón, he de reconocer que no eres ajena a ellas, que tú muy bien sabes, por raciocinio o intuición, el estado de nuestra relación. Que no es como solía ser; que no nos emociona como antes; que hemos pasado un largo tiempo engañándonos con ilusiones egoístas y románticas que bien podrían compararse con vendas que cubrían nuestra visión, pero que jamás cegaron al corazón.
Cualquiera diría que nos estamos rindiendo ante el peso de la distancia. Pero seguro que quien dijera eso, pecaría de prejuicioso y superficial de pensamiento y discurso. Tú y yo mejor que nadie comprendemos cómo no sólo es la distancia el peso que cargamos de manera tortuosa sobre nuestras espaldas. A eso hay que añadirle la monotonía de las pláticas, la intransigencia en las discusiones, la apatía con las razones del otro y el desdén a las propuestas y maneras de ver la vida con las que nos envenenamos mutuamente. Todo eso y tal vez más es lo que nos mortifica.
Con el afán y la ilusión de mejorar, de caminar a hacia la feliz resolución de nuestra tribulación, hemos intentado varias cosas. Desde proponer nuevas dinámicas para las llamadas, pasando por provocativas sugerencias sobre el erotismo de nuestras cartas, hasta el infructuoso proyecto del envío de fotos por correo. No sé con certeza cómo te sientes al respecto, pero percibo que no te sientes mejor que yo. ¿Quién habría de sentirse mejor en nuestros zapatos?. Todos eso intentos no han pasado de ser niñerías, productos dignos de mentes pueriles y desesperadas.
A la luz de todo esto, creo que no hace falta pensar demasiado para encontrar que la respuesta es la de dejar libre al otro, desencadenar a quien amamos de la prisión del sufrimiento y el disimulo. Aunque duela al principio y casi hasta el final, debemos ser fuertes.
Te ruego que lo pienses con calma, despacito, con la cabeza fría y con la paciencia que requieren las decisiones difíciles. También te suplico de rodillas que no me malinterpretes. Esto en ningún momento debe ser leído como evidencia y muestra de que no te amo. Al contrario. Te amo tanto como a mí mismo, incluso tal vez más. Y así como esta propuesta que te ofrezco me beneficiaría a mí, estoy seguro que te sería de mucho provecho a ti también.
Espero que me comprendas y que aprecies la buena voluntad, la sinceridad, el honesto deseo de bienestar y la propuesta de emancipación que de manera implícita y explícita he intentado transmitir a través de mi llana palabrería.
Gracias por todo. Nunca saldrás de mi corazón ni de mi vida. Lo único por lo que te ruego es porque nos liberemos ambos de nuestras cadenas y que seamos felices. Te amo, siempre será así.
Hasta luego.
Tu amado y en alma siempre tuyo.
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