domingo, 29 de enero de 2012

El pobre de Ramón.

     Cerca de mi casa sobrevive el pobre Ramón. Un bolo empedernido, de lentes redondos como los de John Lennon, con tez clara y ojos lánguidos pero peculiares. Su delgadez, hija del poco comer y del mucho beber, se acentúa porque le gusta usar su ropa muy holgada. Se despreocupa por su apariencia y afeitarse o no lo tiene sin cuidado. Hace mucho que no le importa lo que piensen de él. Percibe con indiferencia las miradas de la gente. Todas las veces que las señoras que van saliendo de la iglesia lo miran de soslayo y, en un intento de disimulo, empiezan a idear ingeniosas maneras de evitar pasar cerca del pobre de Ramón ya le parecen parte de su  rutina diaria. A través de los años, ha ido construyendo una férrea coraza para protegerse de la sociedad y la suciedad y la voluntad de hierro y el desprecio incisivo de todos.  No sé cómo hace para sobrevivir, pero lo logra. Eso sí: no acepta limosnas.Vive en una casa oscura y pequeña. Duerme a y, a veces, come ahí,  por misericordia de Jaime, un costurero que solía ser su amante. Ramón también es homosexual. Casi nadie lo sabe, pero casi todos lo sospechan. Gran parte del dinero (que sólo él y Dios saben cómo se las arregla para encontrar trabajitos que se lo proporcione) se le va en beber con sus parejas sexuales en potencia. No lo gasta todo en eso porque la furiosa tripa lo obliga a comprar de vez en cuando algo de comer. Esa es su manera de vida: conseguir dinero como sea, haciendo lo que sea para quien sea, gastarlo casi todo en alcohol en sus diversas maneras de presentación y conseguir alguien que lo entienda pero sobre todo que le sacie el voraz apetito sexual. ¡Ah! y también venir a mi casa a por sus momentos de desahogo. Mi madre, llena ella de sabiduría, heredera de siglos de experiencia transmitidos de generación en generación a través de la rica tradición del chisme y el cuchicheo en particular (es toda una erudita en esa corriente filosófica), escucha sus lamentos, reprueba su razones y contradice sus justificaciones. Le aconseja. La mayoría de veces le reprende. "Es que vos sos bien tonto, no aprovechás el dinero que te ganás", le dice mi madre. Ramón llora. Se le nota que ha estado bebiendo desde que se despertó. Le dice a la señora sabia que lo entienda, que no tiene nada más en el mundo que el guaro. Mi madre contesta que eso no es cierto, que aún tiene a Jaime, su ex amante, y a ella. Que si no fuera por el maldito guaro, hasta podría tener un trabajo. El triste de Ramón le contesta que tiene razón, hasta maldice al alcohol junto a ella. Afirma con vehemencia que ahora sí se acabó, que va a dejar de tomar. Su oratoria, adornada con palabras altisonantes y rebuscadas y rematada con una elocuente entonación, sería capaz de convencer a cualquiera, pero no a la astuta señora que carga con cuatro décadas y seis años en la espalda. Ella ya ha escuchado ese cuento antes. Ya se sabe la moraleja. "No tratés de darme atol con el dedo, Ramón. Ya me puedo tus cuentos". Ramón reconoce que no podrá nunca engañarla y después de algunos minutos más de autocondescencia, se ofrece para ayudarle a regar las plantas y así recibir dinero para "sanar las heridas". "¡No jodás!", obtiene Ramón por respuesta. "Tenés que dejar de ser tan pasmado", continúa mi madre mientras riega con parsimonia el jardín. "Bien sabés que Dios te ama, que quiere ayudarte, pero vos tenés también que poner de tu parte". "Por eso me enojo tanto cuando te veo a pija", le dice a Ramón.  En efecto, él sabe de las cosas de Dios. Es licenciado en Teología. Pasó años estudiando bajo la tutela de jesuitas y dominicos hasta que un día le diagnosticaron un tumor en alguna glándula perversa y los sacerdotes encontraron una coartada para dejarle morir. "No podemos costearte el tratamiento", "La iglesia tiene gastos más importantes. Lo mejor sería que regresaras con tu familia y que disfrutés tus últimos días con tu familia". Un sacerdote homosexual no podía tener un papel prioritario. Para la santa iglesia católica un homosexual es un atentado contra la familia, la ley de Dios y la sociedad después de todo. Ramón sigue con sus sollozos ante mi madre que continúa firme en su postura de no darle dinero para que siga bebiendo. Ya van 30 minutos de intentos infructuosos de Ramón."Es tu culpa. No sé por qué no entendés que el guaro no te ayuda en nada.". De repente, como bálsamo para sus preocupaciones, Ramón ve a una señora que va pasando al otro lado de la calle. Le pide a mi mamá que le espere un momento. Corre hasta alcanzar a la dama que va de regreso  a casa y que necesita que alguien le ayude a pintar las paredes de su cocina. Ramón ofrece atentamente sus servicios. Aunque el bolo empedernido no es alguien digno de total confianza, ni muy del agrado de la señora, es la persona que menos cobra por el trabajito, así que la dama accede. Al pobre Ramón no le cabe la alegría y se dispone a asistir a la señora. Indica a señas a mi madre que ha conseguido un trabajito y que regresará más tarde. Mi madre entra a mi casa y masculla: "Bolo loco. Asaber cómo va a terminar el pobre de Ramón."

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